
Este 8 de octubre de 2025, dos años exactos después del devastador ataque de Hamás contra Israel que desató esta tragedia, el mundo respira con alivio ante el anuncio de un acuerdo preliminar para poner fin a la guerra en Gaza.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, confirmó desde la Casa Blanca que Israel y Hamás han alcanzado la «primera fase» de un plan de alto fuego, que incluye el intercambio de rehenes, la liberación de prisioneros palestinos y el cese inmediato de las hostilidades.
«Estamos muy cerca de la paz en Oriente Medio», declaró Trump, quien planea viajar a Egipto este fin de semana para sellar el pacto en Sharm el-Sheikh. Mediadores egipcios y qataríes, con el respaldo de la ONU, han calificado este avance como «el mejor en la mesa» hasta la fecha, aunque persisten dudas sobre su implementación.
El acuerdo, parte de un ambicioso plan de 20 puntos impulsado por Trump, contempla la liberación gradual de unos 20 rehenes israelíes vivos a cambio de cientos de palestinos detenidos en Israel, junto con la retirada parcial de las fuerzas israelíes de Gaza y un alto el fuego indefinido.

Hamás ha exigido «garantías reales» de que Israel no reanudará las operaciones militares, recordando violaciones previas en 2023 y 2025. Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, lo presenta como una «victoria total»: destrucción de la capacidad militar de Hamás, desmilitarización de la Franja y control de seguridad israelí, sin mención explícita a la expulsión de palestinos, pese a rumores de figuras como Bezalel Smotrich.
Este hito llega en un contexto de horror inimaginable. La guerra, iniciada el 7 de octubre de 2023 con el ataque de Hamás que mató a 1.200 israelíes y secuestró a 251 personas, ha cobrado más de 67.000 vidas palestinas, según estimaciones de la ONU y organizaciones humanitarias.
Gaza, un enclave de 2,2 millones de habitantes, yace en ruinas: el 80% de sus edificios destruidos, un bloqueo que ha provocado hambruna y desplazamientos masivos, y un sistema de salud colapsado.
Ataques como el 8 de septiembre en Jerusalén Este, que dejó 6 muertos israelíes, o los bombardeos israelíes en hospitales gazatíes, han perpetuado un ciclo de venganza. Pero hoy, las sirenas de alarma en Tel Aviv y los drones sobre Gaza callan, al menos temporalmente.

La sociedad civil responde con una mezcla de euforia y escepticismo. En las redes sociales, voces palestinas como la de Mohammed de Gaza celebran: «El alto el fuego en Gaza: la noticia más hermosa de mi vida».
En Israel, las protestas en la Plaza de los Rehenes de Tel Aviv exigen no solo el fin de la guerra, sino justicia para las familias de los cautivos. Expertos como el ministro ruso Sergei Lavrov lo ven como un paso pragmático, pero advierten: sin un gobierno alternativo en Gaza –ni Hamás ni la Autoridad Palestina–, el riesgo de recaída es alto.
La «fase dos» del plan incluye reconstrucción en 3-5 años bajo tutela internacional, pero ¿quién financiará eso en un mundo polarizado?. Este acuerdo no borra las cicatrices: el trauma colectivo israelí del 7-O, la catástrofe humanitaria palestina, ni las tensiones regionales con Hezbolá o los hutíes.



