
En la última década, el concepto de «ver la tele» ha sido redefinido radicalmente. Coincidiendo con el Día Mundial de la Televisión (21 de noviembre), es evidente que para casi la mitad de la población, el término es sinónimo de plataformas de streaming (Netflix, HBO, YouTube) y no del aparato tradicional del salón.
La mayor transformación ha sido la eliminación de las «molestias» de la televisión lineal: el streaming acabó con la necesidad de esperar horarios fijos. Para 2025, el consumo bajo demanda representa más del 60% del tiempo total de visionado en muchos mercados occidentales. Las cadenas tradicionales han tenido que lanzar sus propias plataformas (Peacock, Max) para competir.

Este cambio trajo consigo dos nuevos hábitos clave. Primero, el «atracón» de capítulos (binge-watching): más del 70% de los espectadores consume tres o más episodios seguidos, obligando a los guionistas a adaptar las narrativas. Segundo, el visionado en «segunda pantalla», donde hasta el 90% de los espectadores usa el móvil o tableta simultáneamente, influenciando el diseño del contenido para ser más digerible.
Finalmente, el streaming ha globalizado el contenido. Si en 2015 el consumo era mayoritariamente nacional, hoy los éxitos internacionales como El juego del calamar son la norma, rompiendo las barreras del idioma gracias a subtítulos y doblaje, y convirtiendo la televisión en un menú adaptativo, personalizado por algoritmos para cada espectador.



