
Las celebraciones globales para dar la bienvenida al 2026 se han visto ensombrecidas por una grave crisis de seguridad. Las autoridades de Australia, Francia y Alemania han tomado la drástica decisión de suspender o limitar severamente sus tradicionales festejos de Año Nuevo tras recibir amenazas terroristas creíbles de corte islamista.
Esta medida de emergencia prioriza la seguridad pública sobre la festividad. En ciudades emblemáticas como París, Berlín y Sídney, se ha anunciado la cancelación de los espectáculos de fuegos artificiales y se han prohibido las concentraciones masivas en puntos turísticos. El despliegue de seguridad es masivo; miles de efectivos policiales y unidades antiterroristas han sido movilizados para reforzar la vigilancia en aeropuertos, estaciones de tren y centros urbanos.

El escenario ha reavivado un tenso debate político sobre el control migratorio y la eficacia de las políticas de seguridad en la Unión Europea. Mientras los gobiernos defienden la necesidad de blindar las fronteras y aumentar la inteligencia preventiva, sectores de la sociedad civil y la oposición cuestionan la vulnerabilidad del continente ante células radicalizadas.
A pesar de la frustración ciudadana por la interrupción de las tradiciones, los mandatarios han sido enfáticos: «No podemos arriesgar ni una sola vida ante una amenaza verificada». Por ahora, el mundo observa con cautela un inicio de año marcado por el miedo y la vigilancia extrema.



