
La reciente captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha sacudido los cimientos del derecho internacional, planteando interrogantes sobre cómo Rusia y China reaccionarán ante lo que consideran un peligroso precedente de intervención.
Mientras la administración de Donald Trump invoca la Doctrina Monroe para justificar su control sobre la transición en Venezuela, las potencias euroasiáticas observan con cautela y calculan sus propios beneficios estratégicos.
Para Pekín, el evento es una herramienta de narrativa. Aunque el senador Mark Warner advirtió que esto podría envalentonar a China a actuar contra Taiwán, expertos como Hoo Tiang Boon sugieren que China no actuará por «capricho». Pekín prefiere presentar a Estados Unidos como una fuerza de «caos global», posicionándose ellos como defensores de la soberanía.
No obstante, la caída de Maduro representa un revés económico y político, cuestionando la utilidad real del respaldo chino tras décadas de financiamiento a cambio de petróleo.
Por su parte, Moscú enfrenta una posición ambivalente. Si bien la captura de su aliado es un golpe a su prestigio militar —especialmente tras la ineficacia de los sistemas S-300 frente a la incursión—, la retórica de Trump sobre «esferas de influencia» resuena con la visión de Vladímir Putin.
El Kremlin podría usar este episodio para justificar sus acciones en Ucrania, alegando que Washington aplica un doble rasero. Sin embargo, estancado en su propia guerra y con aliados como Bashar al-Ásad derrocados, Rusia demuestra una incapacidad creciente para proteger militarmente a sus socios estratégicos, debilitando su imagen como contrapeso global.



