
Mantenerse en forma después de los sesenta y cinco años requiere un enfoque estratégico que priorice la consistencia sobre la intensidad extrema para proteger la salud cardiovascular y la densidad ósea. La evidencia científica actual sugiere que la frecuencia ideal para este grupo demográfico no se basa en una única sesión diaria agotadora, sino en la distribución de actividad física moderada a lo largo de la semana para evitar el sedentarismo prolongado.
Se recomienda realizar al menos ciento cincuenta minutos de actividad aeróbica a la semana, divididos en bloques que permitan al cuerpo recuperarse adecuadamente. Esto implica que la clave del éxito reside en mantenerse activo varias veces al día con caminatas breves o ejercicios de movilidad, complementados con tres sesiones semanales de fuerza para prevenir la sarcopenia.
Incorporar ejercicios de equilibrio y flexibilidad de manera recurrente ayuda a reducir drásticamente el riesgo de caídas, que es una de las principales preocupaciones en la tercera edad. La clave no es realizar un entrenamiento maratónico y luego permanecer inactivo el resto de la jornada, sino integrar el movimiento de forma natural en la rutina cotidiana.
Expertos señalan que alternar días de entrenamiento muscular con actividades de bajo impacto como la natación o el yoga garantiza una mejora sustancial en la calidad de vida y la autonomía personal. Al final del día, la constancia en estos pequeños hábitos de movimiento resulta mucho más beneficiosa para el metabolismo y la salud mental que cualquier rutina de ejercicio esporádica o excesiva que pueda derivar en lesiones.



