
Irán ha comenzado el año 2026 sumergido en una de las olas de protestas más violentas y masivas de su historia reciente, superando en magnitud los disturbios de años anteriores. Las movilizaciones, que estallaron el pasado 28 de diciembre en Teherán, se han extendido rápidamente a más de 50 ciudades, impulsadas por un descontento social acumulado y una economía en caída libre.
La inflación, que superó el 42% al cierre de 2025, junto con la devaluación histórica del rial —que alcanzó los 1.45 millones por dólar—, ha dejado a gran parte de la población en la miseria, detonando huelgas masivas lideradas inicialmente por comerciantes del Gran Bazar. Lo que comenzó como un reclamo por el alto costo de la vida y la escasez de servicios básicos ha evolucionado en un movimiento que exige abiertamente el fin del sistema teocrático, con manifestantes coreando consignas contra el líder supremo, Ali Jameneí.

La respuesta del gobierno ha sido un despliegue masivo de fuerza por parte de la Guardia Revolucionaria y un apagón total de internet que mantiene al país incomunicado desde hace varios días. Hasta la fecha, organizaciones internacionales reportan al menos 50 muertos y miles de detenidos en enfrentamientos donde se denuncia el uso de munición real contra civiles.
En este contexto de máxima tensión, el príncipe heredero en el exilio, Reza Pahlaví, ha llamado a una huelga general nacional, mientras el presidente estadounidense Donald Trump ha advertido con intervenir si la represión continúa. El régimen, por su parte, acusa a potencias extranjeras de orquestar el caos, mientras ciudades periféricas como Abdanan han reportado periodos de control total por parte de los manifestantes, marcando un desafío sin precedentes a la autoridad de los ayatolás en un Irán que parece haber llegado a su límite social



