
Este martes, la Casa Blanca será el escenario de un encuentro de alto voltaje político entre los presidentes Gustavo Petro y Donald Trump. Tras años de tensiones, sanciones y descalificaciones personales —que incluyeron el retiro de la visa al mandatario colombiano—, ambos líderes buscan un pragmático «borrón y cuenta nueva» impulsado por necesidades mutuas urgentes.
Para Colombia, la prioridad es recuperar la certificación en la lucha antinarcóticos, perdida el año pasado, y asegurar el flujo de ayuda financiera. Petro llega con una estrategia simbólica: obsequios de familias que sustituyeron cultivos ilícitos, intentando demostrar avances en su política de paz. Por su parte, Trump necesita que Bogotá garantice la recepción de miles de migrantes indocumentados en el marco de su masiva campaña de deportaciones, un punto donde el Gobierno colombiano ya cedió al reanudar los vuelos de repatriación.
Pese a sus abismales diferencias ideológicas y un historial de choques públicos —con Trump tildando a Petro de «líder del narcotráfico»—, la crisis en Venezuela y la estabilidad regional han forzado este acercamiento. La cita, aunque de bajo perfil protocolario, definirá si la relación bilateral más importante de la región se relanza o se hunde en la confrontación definitiva.



