
El Gobierno de Estados Unidos, bajo las directrices del presidente Donald Trump, oficializó la implementación de las sanciones económicas más severas de su historia contra Irán. La estrategia, confirmada por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, articula una campaña de «presión económica máxima» que busca asfixiar financieramente al régimen de Teherán.
El plan combina un estricto bloqueo naval con el congelamiento de cuentas bancarias en el extranjero y la interrupción del contrabando petrolero. Según EFE, Washington pretende neutralizar la capacidad económica del país persa para reducir la necesidad de emprender acciones militares.
Asimismo, la administración estadounidense lanzó una advertencia global exigiendo a la comunidad internacional —y de forma directa a China— sumarse al aislamiento comercial para cortar el financiamiento externo de Teherán.
En respuesta, el Ministerio de Relaciones Exteriores iraní rechazó las medidas, calificándolas de «terrorismo económico» y de agresión contra su población. Mientras tanto, la incertidumbre en los mercados provocó un alza notable en los precios internacionales del petróleo, evidenciando el impacto de la creciente tensión geopolítica.



