
El Salvador conmemora este diez de octubre cuatro décadas de uno de los capítulos más devastadores de su historia contemporánea. El terremoto de magnitud 7.5 que sacudió la capital a las once con cuarenta y nueve minutos de la mañana de aquel año dejó una huella imborrable, marcada por más de mil quinientos fallecidos, diez mil heridos y miles de damnificados en pleno apogeo del conflicto armado.
Entre los momentos más desgarradores de aquella jornada destaca la tragedia en el barrio San Jacinto, donde el colapso del Centro Escolar Católico Santa Catalina cobró la vida de cuarenta y dos menores de edad. Asimismo, el derrumbe de emblemáticas estructuras como el edificio Rubén Darío en el Centro Histórico simbolizó la vulnerabilidad urbana frente a la furia de la naturaleza, cuyo epicentro se originó en el cerro de San Jacinto.

Cuarenta años después, el dolor persiste en la memoria colectiva del pueblo salvadoreño. La fecha trasciende la conmemoración para convertirse en un llamado permanente a la reflexión sobre la gestión de riesgos, la prevención de desastres y la necesidad de priorizar la seguridad estructural en las edificaciones del país.


