
Canadá ha implementado un cambio trascendental en sus leyes de inmigración que podría beneficiar a millones de personas en todo el mundo. Desde diciembre pasado, entró en vigor una normativa que elimina el límite de la «primera generación», permitiendo que cualquier persona que demuestre ser descendiente directo de un antepasado nacido en suelo canadiense —ya sea abuelo, bisabuelo o incluso más antiguo— sea elegible para la nacionalidad.
Esta reforma surge tras una intensa campaña legal y contrasta con la tendencia global de endurecimiento migratorio. Bajo la regla anterior, los hijos de canadienses nacidos en el extranjero no podían heredar la ciudadanía a sus propios hijos si estos también nacían fuera del país. Ahora, el acceso se expande generacionalmente, atrayendo especialmente a ciudadanos de Estados Unidos, donde las solicitudes han aumentado casi un 50% en el último mes.
La carga de la prueba, sin embargo, es estricta. Los interesados deben presentar documentos oficiales como registros bautismales o certificados de nacimiento centenarios; las pruebas genéticas de ADN no son válidas. Para muchos solicitantes, como los descendientes de los acadianos expulsados hace siglos o profesionales que buscan refugio ante la incertidumbre política en sus países, esta ley representa una oportunidad única para reconectar con sus raíces o asegurar un futuro en una de las naciones más inclusivas del mundo.



