Este procedimiento se lleva a cabo en la Ciudad del Vaticano y está regido por una serie de normas que garantizan una elección libre, secreta y guiada por la fe.

Tras el fallecimiento del papa Francisco, se pone en marcha el proceso establecido por la Iglesia Católica para elegir a su sucesor, conocido como Cónclave.
El Cónclave reúne a todos los cardenales menores de 80 años provenientes de distintos países del mundo. Estos se encierran en la Capilla Sixtina, donde, bajo juramento de confidencialidad, deliberan y votan en sesiones sucesivas. Para que un candidato sea elegido Papa, debe obtener al menos dos tercios de los votos.
Cada jornada puede incluir hasta cuatro votaciones. Si no se alcanza un consenso, los cardenales continúan votando hasta lograrlo. Las señales del proceso son visibles para el público a través de la tradicional fumata: humo negro si no hay elección, y humo blanco cuando finalmente se elige un nuevo Papa.
Una vez elegido, el nuevo pontífice acepta el cargo y elige el nombre con el que será conocido durante su papado. Luego es presentado al mundo desde el balcón central de la Basílica de San Pedro con la frase: “Habemus Papam”.

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