
Febrero se despliega como un mes de intensas expectativas, donde la celebración del Día del Amor y la Amistad deja de ser un sentimiento para convertirse en una carga multifacética. Lo que debería ser una expresión genuina de afecto se transforma a menudo en una fuente de estrés emocional, económico y social.
Desde el punto de vista económico, la presión por consumir es implacable. El amor se convierte en un negocio lucrativo; se nos dicta que el valor del sentimiento es proporcional al costo del regalo, la cena o el detalle material. Esta mercantilización genera ansiedad en quienes no pueden costear los estándares impuestos por el mercado.
En el ámbito social, la presión se traslada a las redes sociales. Existe una necesidad imperativa de proyectar una apariencia de perfección. La validación externa, medida en «likes», obliga a las parejas y solteros a escenificar una felicidad que muchas veces no coincide con la realidad. Esta comparación constante alimenta una carga emocional pesada, donde la soledad se estigmatiza y la soltería se percibe como una carencia.
En conclusión, febrero nos enfrenta a un espejo distorsionado donde el afecto se mide en billetes y píxeles. Recordar que el amor trasciende el calendario y el consumo es vital para aliviar esta carga impuesta por la modernidad.



