¿Podrán los perros aprender a hablar algún día? Estos científicos trabajan para descubrirlo.

En un mundo donde la inteligencia artificial promete traducir los maullidos de los gatos y los cantos de las ballenas, una pregunta ancestral resurge con renovado vigor científico: ¿podrán los perros, nuestros fieles compañeros de miles de años, algún día entablar una conversación genuina con nosotros?

No se trata de una trama de Hollywood, sino de un debate riguroso que ocupa a investigadores en laboratorios de etología alrededor del globo. Liderados por el equipo del BARKS Lab en la Universidad Eötvös Loránd de Hungría, estos científicos están desentrañando los misterios de la comunicación canina, con hallazgos que podrían no solo revolucionar nuestra relación con las mascotas, sino también iluminar los orígenes del lenguaje humano.

La idea de perros parlantes ha fascinado a la humanidad desde hace siglos, pero hasta ahora se limitaba a anécdotas virales o experimentos controvertidos. Sin embargo, una revisión publicada recientemente en la revista Biologia Futura eleva el tema a un nivel académico serio.

Bajo la dirección de la investigadora principal Rita Lenkei y el Dr. Tamás Faragó, el equipo analiza si existe una base biológica que permita a los canes aproximarse al habla humana. «No estamos aquí para crear mascotas de ciencia ficción», aclara Lenkei en una entrevista reciente. «Queremos separar los hechos de las exageraciones y entender cómo la domesticación ha moldeado sus habilidades comunicativas».

Los perros ya demuestran una comprensión sorprendente del lenguaje humano. Estudios previos, incluyendo uno de imágenes cerebrales de 2021 realizado por el mismo departamento húngaro, revelan que los canes pueden reconocer patrones complejos en el habla continua, similar a cómo lo hacen los bebés humanos.

Por ejemplo, distinguen idiomas extranjeros, captan el tono emocional de una voz y hasta identifican a sus dueños solo por el timbre vocal, sin necesidad de verlos.

Un nuevo experimento del BARKS Lab va más allá: perros con talento para aprender palabras clasifican juguetes por su función –como pelotas para jugar o mordedores para morder– sin entrenamiento previo, una capacidad antes considerada exclusiva de los humanos.

Pero, ¿qué impide que Fido nos cuente sus sueños? Los científicos apuntan a barreras evolutivas y anatómicas. El tracto vocal de los perros no está adaptado para producir fonemas estables como las vocales y consonantes humanas; su laringe prioriza el olfato y la respiración sobre la articulación fina.

Cognitivamente, asocian palabras con acciones –»paseo» activa la cola, «comida» el hambre–, pero no combinan conceptos en sintaxis compleja, como formar oraciones para narrar eventos pasados o hipotéticos. «Si el habla hubiera sido una ventaja evolutiva clara, la selección natural la habría impulsado», explica Faragó. «En cambio, su lenguaje corporal y vocalizaciones ya bastan para sobrevivir y vincularse con nosotros».

La tecnología ofrece atajos prometedores. Dispositivos como tableros de botones programables –popularizados por la investigadora Christina Hunger, quien afirma que su perro Stardust «habla» con más de 100 palabras– permiten a los canes solicitar necesidades básicas.

Aunque críticos argumentan que esto es condicionamiento operante más que comprensión lingüística genuina, avances en IA están cambiando el juego. En la Universidad de Arizona, el biólogo Con Slobodchikoff adapta algoritmos para interpretar ladridos, basados en el «lenguaje» sofisticado de los perros de las praderas, parientes de las marmotas.

«En una década, podríamos traducir pensamientos como ‘quiero comer ahora’ o ‘tengo miedo'», predice Slobodchikoff. Aplicaciones móviles y collares inteligentes ya analizan comportamientos, traduciendo gemidos en estados emocionales.

Sin embargo, no todo es optimismo. Los investigadores advierten sobre el «valle inquietante»: un perro que ladre con voz demasiado humana podría generar rechazo en lugar de empatía, rompiendo el vínculo natural basado en miradas y gestos.

Además, el foco no es solo práctico; es fundamental para la ciencia. Estudiar perros –domesticados hace 15.000 años– ofrece un modelo vivo para rastrear cómo surgió el lenguaje en Homo sapiens. «No podemos recrear la evolución humana, pero los perros nos dan pistas sobre esos primeros pasos», concluye Faragó.

Mientras tanto, en hogares de todo el mundo, dueños como María López, una madrileña de 35 años, sueñan con diálogos profundos. «Mi labrador, Max, me mira como si entendiera todo. ¿Y si un día me responde?», se pregunta. La ciencia no promete conversaciones shakespearianas, pero sí un puente más ancho entre especies. En el BARKS Lab, los experimentos continúan: micrófonos capturan ladridos, escáneres cerebrales mapean respuestas y la pregunta persiste. ¿Hablarán los perros? Tal vez no como nosotros, pero su voz –traducida o no– ya susurra secretos que estamos listos para escuchar.

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