
La propuesta del presidente Donald Trump para formar una coalición militar en el Estrecho de Ormuz ha generado una fractura diplomática significativa entre las potencias mundiales. Ante el cierre de la vía marítima por parte de Irán —en respuesta a ataques estadounidenses—, la Casa Blanca exigió apoyo a sus aliados bajo la premisa de reciprocidad por la ayuda brindada en Ucrania. No obstante, la respuesta global ha sido mayoritariamente negativa.
Francia, Australia y Japón han rechazado explícitamente el despliegue de tropas, mientras que Alemania fue tajante al declarar que «esta no es nuestra guerra». Por su parte, la Unión Europea, a través de Kaja Kallas, subrayó que el conflicto queda fuera del ámbito de actuación de la OTAN, desestimando las advertencias de Trump sobre un «futuro malo» para la alianza si no hay cooperación.

En el Reino Unido, el primer ministro Keir Starmer se mantiene reticente, priorizando una resolución diplomática y exigiendo planes con base legal. Mientras tanto, China insta al cese de operaciones militares y Rusia eleva la tensión exigiendo cuentas por ataques a civiles en Irán. Esta resistencia colectiva subraya un aislamiento de la estrategia bélica estadounidense, donde incluso aliados históricos prefieren evitar una escalada directa en Oriente Medio



