
Los artesanos del distrito de Yucuaiquín, en La Unión, han comenzado su despliegue por todo El Salvador para mantener viva una tradición que supera los cien años de historia. Con la llegada de la Semana Santa, estas familias transforman la palma en piezas de arte sacro que se convertirán en el símbolo central del Domingo de Ramos, desplazándose a puntos estratégicos como la emblemática iglesia El Calvario, en San Salvador.
Para expertas como Elena Amaya, quien suma 46 años dedicados a este oficio, la labor es una tarea de resistencia y fe que inicia cada enero. El proceso conlleva meses de preparación, desde la recolección selectiva de la hoja hasta el secado y el intrincado tejido de las bases decorativas. «Es un trabajo que requiere paciencia y amor por nuestras raíces», asegura la artesana, mientras organiza los ramos que ofrecerá a los fieles capitalinos.
Más allá de ser el sustento económico de decenas de familias unionenses, esta práctica artesanal constituye un pilar de la identidad cultural salvadoreña. Al portar estos ramos, los ciudadanos no solo participan en un rito religioso, sino que preservan un legado ancestral que conecta el oriente del país con el fervor de todo un pueblo.




