
El idilio entre el dinero árabe y el deporte de élite ha comenzado a agrietarse. Tras una década de gastos desenfrenados, Arabia Saudita ha dado un frenazo inesperado a su estrategia de inversión, cancelando contratos y retirando fondos de proyectos que parecían intocables.
La caída del LIV Golf es el síntoma más grave. El circuito, que nació para dinamitar el orden establecido, ha sido cancelado por el Fondo de Inversión Pública (PIF) al dejar de ser «consistente» con su estrategia actual. A este adiós se suman la cancelación del máster de billar, el retiro de fondos de la WTA y el abandono de ambiciones como el Mundial de Rugby 2035. Incluso en el fútbol, el reino ha empezado a soltar lastre con la venta de activos en el Al Hilal.
Detrás de este repliegue hay una mezcla de realismo económico y tensiones geopolíticas. Según Yasir Al Rumayyan, gobernador del PIF, el país busca ahora «priorizar la eficiencia» y la rentabilidad ante un panorama global inestable. Mientras organizaciones de derechos humanos ven el fin de una campaña de imagen, el mundo deportivo se enfrenta a una realidad cruda: los cheques en blanco de Riad han dejado de ser garantía de futuro.


